Serie “El Servicio a Dios” – Capítulo 3
1Jn 2:15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
El mundo es el sistema espiritual de pensamientos y acciones de maldad que se opone al gobierno de Dios. Provee al hombre natural todo tipo de deleites de los sentidos, colocándolo así en un lugar de preeminencia por encima de Dios.
Parte de ese amor al mundo se refleja en ciertas actividades o vocaciones que la gente desarrolla. Mediante las artes, la política, la música y otras disciplinas, el corazón humano llega a consagrarse al mundo, a servir al mundo. No son pocos los que se entregan por completo y aman con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas la labor que hacen. Su trabajo es su propio dios. Hacen labores que demandan amor a las cosas, amor al oficio, y más que amor, dedicación absoluta del corazón, de modo que muchos terminan amando más a su carrera y a sus metas que a Dios.
Si nuestro corazón está en el trabajo, o en lo que el trabajo produce, aunque nos hagamos llamar cristianos, estamos rindiendo consagración a lo temporal habiendo sido instruidos en lo eterno. El que sirve a las riquezas no puede amar a Dios, y el que ama a Dios no puede servir a las riquezas. El mundo pasa, y sus deseos, pero sólo el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
1Jn 2:16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
El tema, hasta aquí, es sólo sobre la actitud del corazón respecto al trabajo, y no aún sobre el tipo de trabajo que un creyente hace, lo que abordaremos en la segunda parte de este tema.
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